Palabra y Contexto

La palabra como unidad lingüística

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En el plano del significante es el fonema la unidad lingüística, es decir, cada sonido aislado forma una unidad, y el conjunto de sonidos forman la palabra.

Significante y significado

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Si nos trasladamos al plano del significado, encontramos que los más pequeños elementos significativos de la lengua son el morfema y el semantema o lexema. Ambos elementos forman las palabras.

El morfema es un elementos morfológico mínimo, indivisible, que modifica al lexema:
perr a–s
Lexema morfemas: femenino–plural

El lexema es el elemento de la palabra que soporta el núcleo de la significación. En las formas am es ele elemento que de una manera vaga aporta la idea de querer: el lexema. Las formas –aste, –áis, –arás, –emos son los morfemas que añaden al lexema diferentes rasgos de significación, que lo completan: persona, número, tiempo, modo El morfema es, pues, un elemento de la palabra, no autónomo, porque precisa del soporte de un lexema. El lexema tampoco puede ser autónomo (am– no es una significación completa); pero puede serlo en ocasiones, cuando la palabra sólo está constituida por un lexema, sin necesidad de morfemas:

pie, mar, sal, afán.

Los morfemas pueden ser dependientes e independientes. El morfema dependiente siempre va asociado con el lexema, incluso en la escritura:

El morfema independiente posee independencia gráfica respecto al lexema:

Muchos gramáticos consideran también morfemas independientes al artículo y a los determinativos cuando funcionan con el nombre y no aisladamente:

Es posible que alguna vez se encuentre el término morfema aplicado a otros conceptos. La tradición europea ha reservado dicho término para designar los elementos mínimos de significación.

Clases de palabras

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Conocemos ya cómo está constituida una palabra. Si queremos llegar a una definición de la palabra como unidad lingüística, nos encontramos con una gran confusión, hasta el punto de que Vicente García de Diego llegó a titular una de sus Lecciones de Lingüística: La palabra, fantasma del lenguaje. La confusión parte del punto de vista que adoptemos en su estudio.

Si nos fiamos de la grafía en se la llevaron encontramos tres palabras. ¿Cuántas palabras hay en lleváronselas?

Si adoptamos el punto de vista de considerar la palabra como una unidad de significado, estará claro que la barca es una palabra; pero, ¿cuántas palabras hay en Calderón de la Barca, siendo, como es, en realidad, una sola unidad de significación?

Ante tales dificultades, no es de extrañar que algunos lingüistas no consideren la palabra como unidad lingüística, y que incluso lleguen casi a lo que Humpty Dumpty, en «Alicia en el País de las Maravillas»: «Cuando yo uso una palabra, esta significa justamente lo que yo quiero que signifique, ni más ni menos». Es decir, la palabra no existe fuera del contexto.

Para llegar a una definición aceptable y coherente del término palabra vamos a partir de la definición –ya conocida– de signo. El signo es la unión de un significante y un significado.

El morfema pre– es un signo que consta de un significante, los fonemas /p/ /r/ y /e/; y de un significado, en este caso vago, porque se trata de un morfema: «antes», «anterior». La palabra es un signo de significado pleno. Pre– cumple la condición de ser signo, pero siempre tendrá que depender de un lexema:

La palabra prever es un signo, con un significante: el conjunto de los fonemas /p/ /r/ /e/ /b/ /e/ y /r/ y un significado: «ver antes», «adelantarse»; pero es que, además, dicho significado es pleno y, por tanto, independiente.

Según esto, pueden quedar resueltas nuestras dudas anteriores.

Lleváronsela es un conjunto de tres palabras que, por razones meramente gramaticales son susceptibles de presentarse en una sola unidad gráfica.

Calderón de la Barca es una sola palabra –un nombre propio– que por razones históricas está compuesto de un «nomen», Calderón, un «cognomen» Barca y unos elementos de relación.

Una clasificación de las palabras puede hacerse atendiendo a:

Simples: Si sólo tienen un lexema

sill -ón
L M

Compuestas: Si constan de varios lexemas
lav a plat - o - s
L M L M

Derivadas: Si al lexema se le unen morfemas prefijos, sufijos o interfijos:
in - vidente cicl - ista polv - ar - eda
MP     MS   Ml  

Parasintéticas: Si además de ser compuestas, es decir, además, de tener varios lexemas, resultan derivadas, debido a llevar un sufijo, por ejemplo.
pic - a - pedr - ero
L M L MS

Oxítonas o agudas, cuando llevan el acento en la última sílaba: a - cer - car.

Paroxítonas o llanas, cuando llevan el acento en la penúltima sílaba: gol - pe.

Proparoxítonas o esdrújulas, cuando llevan su acento en la antepenúltima sílaba: in - ti - mo.

Sustantivo: palabra de función primaria (puede ser modificada, pero no modifica: cielo azul), con función sintáctica de núcleo de un sintagma nominal.

Adjetivo: palabra con función secundaria (modifica y puede ser modificado: muy altos vuelos), incidente en un sustantivo.

Verbo: Palabra con función secundaria (ella cantaba muy mal), incidente sobre un sustantivo, con función Sintáctica de cópula o núcleo de un sintagma verbal.

Pronombre: Palabra con función sustantiva ocasional: (Tú lo has querido = Antonio, lo has querido).

Adverbio: Palabra con función terciaria (modifica y no es modificado: habla despacio), incidente sobre un verbo o un adjetivo.

El articulo es considerado como morfema independiente del sustantivo.

Preposiciones y conjunciones son consideradas como morfemas de relación más que como palabras:

La interjección se considera como mera manifestación de la función expresiva indicativa, pero no portadora de significado.

El vocabulario español

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Si tomamos como base, para un análisis de las fuentes del vocabulario, el Diccionario de la Academia Española, nos encontramos con que los elementos que integran dicho vocabulario responden a influencias latinas en un 73 por ciento; árabes, en un 17 por ciento; griegas, en un 5 por ciento; de otras lenguas, en un 5 por ciento.

Si, ampliando el criterio, analizamos el enriquecimiento del vocabulario, debido a los tecnicismos introducidos a partir de las diferentes ramas científico–técnicas, nos encontramos con que la inmensa mayoría de tales neologismos se forman a partir del latín y del griego.

Cronológicamente los componentes lingüísticos del español han entrado en nuestro vocabulario en los siguientes períodos:

El latín vulgar o latín hablado, es el origen de nuestras palabras patrimoniales. Del latín clásico proceden los cultismos o palabras de introducción tardía; sin embargo, a través de toda la historia de nuestra lengua, han seguí do introduciéndose multitud de latinismos. De la época del Mío Cid son: cras «mañana», exir «salir», facer «hacer», algunos de ellos hoy en desuso. De la época de Berceo: cautivo, clave, planto, digno, laborar. Del siglo XV: admiración, alterar, cautela, convocar, generoso, juventud, profano, rústico, sepulcro, tímido, vulgar. Del siglo XVI: belicoso, ímpetu, instante, lúcido, potente, progreso, vituperio, voto. Del siglo XVII: adolescente, ágil, apetito, competente, dictar, impertinente, magnificencia, pulsar, señas, trasladar. Obsérvese que muchas de estas palabras son cultismos, es decir, que no han seguido la evolución normal impuesta por las leyes de la fonética histórica. Por ejemplo, en belicoso, debería haber llegado a /g/ con una solución parecida a *belgoso. La razón de este paso directo de la palabra del latín al español sin cambios es debida a que cuando dicha palabra ha pasado, ya la lengua ha cristalizado y no existe recuerdo de los cambios pretéritos.

A partir del siglo XIII es la lengua que más aportación léxica da al español. Nebrija incluye en su Diccionario voces como paje, jardín, reproche, jaula, bajel, manjar, trinchar, cofre.

De época moderna son: coqueta, bufete, ficha, corsé, equipaje, folletín, fusil, cabotaje, comité, hotel, visar, uniforme, tráfico, pistola, lotería, garaje, garantía.

La formación de palabras. Procedimientos

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A veces una palabra se hace vieja, llega al final de su existencia y queda registrada en los textos como una reliquia del pasado. La palabra cras significa «mañana» (adverbio) en la Edad Media. Hoy día ha desaparecido sin dejar huella: se ha convertido en un arcaísmo. Otras veces la palabra cambia de significado a través de su larga historia.

Con frecuencia aparece en el panorama de la cultura la necesidad de una palabra nueva. El pensamiento filosófico necesita significantes para los nuevos significados conceptuales: la palabra ente no aparece documentada en nuestra lengua hasta el siglo XVI.

La ciencia y la tecnología están aportando continuamente palabras nuevas (neologismos). Sin temor a exagerar, podemos afirmar que cada día nacen nuevas palabras, porque cada día el hombre da un paso más en la búsqueda de la verdad.

¿Cómo nacen estas nuevas palabras? ¿A qué fuentes acuden en busca del significante?

Los procedimientos más comunes son la composición, la derivación, la parasíntesis y la acronimia.

ante - brazo.

La suma de la unión de las dos palabras simples suele dar un resultado más extenso y distinto del que cabía esperar.

agro + cultura = agricultura

campo + cuidado = no sólo «cultivo del campo», también «cultivo» en general, «ciencia del cultivo» etc.

En el proceso de composición, los dos lexemas pueden llegar a diferentes grados de fusión.

lanza + torpedo > lanzatorpedos> lanzatorpedero.

Los compuestos perfectos se acentúan, si así les corresponde por las reglas normales, sólo en el segundo elemento: cefalotórax. Si el primer elemento lleva acento ortográfico, lo pierde en la composición: tío >tiovivo, décimo>decimoséptimo. Si al unir dos palabras, resulta una proparoxítona o esdrújula, siempre lleva acento ortográfico: quita> quitase/o. Los adverbios en –mente mantienen el acento en el primer elemento: débilmente.

Estos compuestos no perfectos conservan el acento en los dos componentes, siguiendo las reglas generales de acentuación: estudio médico–quirúrgico.

Los componentes del compuesto yuxtapuesto aparecen a veces totalmente lexicalizados, hasta el punto de haber perdido alguno de los fonemas en beneficio del compuesto: hijo d'algo e hidalgo.

In - significa no. Las posibilidades de formación son insospechables: insano, imberbe, infectar, inhábil, etc.

Son de segundo grado si derivan de uno de primer grado: pastel > pastelero > pastelería Incluso podría hablarse de un tercer grado: ca Iza > calceta > calcetín.

Prefijos

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De origen griego y origen latino
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  • a-: sin, ateo
  • bis dos, bisabuelo
  • an-: sin, anárquico
  • co con, copartícipe
  • anfí-: ambos, anfibio
  • des privar de, despistar
  • anti-: contra, anticuerpo
  • ex fuera, excampeón
  • epi-: sobre, epigrafía
  • in no, inculto
  • hemí-: medio, hemisferio
  • Intra dentro, intravenoso
  • hiper-: sobre, hipertenso
  • multi: muchos, multicolor
  • hipo-: debajo, hipotenso
  • pre antes, previsiones
  • peri-: alrededor, perímetro
  • pro a favor, providencia
  • tele-: lejos, televisión
  • sub debajo, subterráneo
  • vice en vez de, vicerrector, virrey

Sufijos

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De origen griego y origen latino
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  • algia: dolor, neuralgia
  • cida: que mata, homicida
  • céfalo: cabeza, dolicocéfalo
  • cultor: que cultiva, agricultor
  • ciclo: éon ruedas, triciclo
  • forme: con forma de, cuneiforme
  • cracia: poder, aristocracia
  • fugo -a: que huye, centrifugo
  • dromo: carrera, hipódromo
  • pedo -a: con pies, bípedo
  • fago: comer, antropófago
  • sono: sonido, unísono
  • filia: amor. bibliofilia
  • voro: que se alimenta de: herbívoro
  • fobia: odio, fotofobia
  • grato: escribir, grafología
  • logia: ciencia, cardiologla

Tan solo una palabra ha sido inventada, la palabra gas, creada por el químico flamenco J. B. Van Helmont en el siglo XVII, inspirándose en la palabra "caos". La palabra nace por los procedimientos que hemos estudiado. Un procedimiento moderno, el de las siglas, se añade a los anteriores. Mediante las siglas o iniciales de las palabras se logra lo que se conoce con el nombre de ACRÓNIMOS. Aunque es un procedimiento exageradamente empleado en la actualidad, no es nuevo, ni mucho menos. Ya las enseñas romanas llevaban las siglas S.P.Q.R. (Senatus populusque romanus).

Dámaso Alonso llama a nuestro siglo, «siglo de siglas». Se ha hecho un prestigio de su utilización, y cualquier mediana empresa usa siglas que le sirvan de prestigioso bautismo:

Basta abrir el periódico a diario, para encontrar que nacen nuevas siglas cada día. Ante la invasión de las siglas consuela todavía oír el nombre–lema de algunas instituciones: La Cruz Roja. Cáritas, Colegio de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias, y tantos otros, de entidades que no han caído en el fuerte revoltijo de los acrónimos.

La palabra que nace es un signo nuevo, pero nacido como consecuencia de una determinada cultura. Intentar distorsionar el lenguaje con creaciones extrañas, es una labor poco natural –y el lenguaje es la institución humana más natural–; es una labor parecida a la del acuarófilo que busca el cruce soñado, no sabe bien para qué, pero lo busca con curiosidad.

Tecnicismos, cultismos, vulgarismos, eufemismos y tabúes verbales. Niveles léxicos.

El español no ha sido en esto una excepción. Al contrario: la peculiar Historia de España, que ha visto asentarse sobre su suelo las más diversas culturas, y sus intensos contactos con otros pueblos de Europa y del Nuevo Mundo, han contribuido a que el idioma español incluya en su léxico palabras procedentes de otras lenguas.

Hay que hacer notar que, en una gran mayoría de casos, los hablantes no perciben esas palabras como procedentes de otras lenguas, entre otras razones porque dichas palabras acaban asimilándose tanto al sistema fonológico español como a la estructura total del mismo.

La base del actual léxico español está constituida por palabras procedentes del latín. Ya vimos cómo todas las actuales lenguas de la Península, a excepción del vasco, tenían su origen en el latín. Cada una de ellas siguió una evolución diferente que se fue acentuando con el tiempo, hasta dar como resultado ese conjunto de lenguas distintas.

Este grupo de palabras es el más numeroso; forma el patrimonio o la herencia que nos legó el latín por vía normal de evolución.

Cultismos son: flamígero, evangelio, frígido, álgido, omnipotente, ánima.

Con frecuencia, una palabra latina aparece repetida en el español en su forma popular, evolucionada, y en su forma culta, dando lugar a los dobletes. Unas veces, el significado de ambas palabras será el mismo, como ocurre en frígido y frío; directo y derecho; otras, cada palabra adopta un significado distinto. Así, hoy tienen significados diferentes laico y lego, radio y rayo, regla y reja.

La inclusión de cultismos en español ha sido constante desde sus comienzos como lengua literaria. Desde la época de Alfonso X, pasando por Juan de Mena, los Humanistas y Renacentistas, los latinismos o cultismos han ido aumentando el acervo del léxico español. En nuestros días, esos cultismos vienen dados sobre todo por exigencias de la técnica, que recurre al latín y al griego como a fuentes inagotables de expresión ante las nuevas realidades que surgen a diario. Palabras como vigilia, dictado, inerte, dúctil, flamígero, sublimar, aura, fúlgido, son cultismos que se fueron introduciendo en momentos sucesivos en el idioma.

Conviene no confundir tecnicismo con neologismo. El concepto de neologismo es más amplio. Neologismo es toda palabra nueva que se incorpora al idioma, sea técnica o no (radio, televisión, astronauta, fútbol) y viene exigida por la aparición de nuevos objetos, ideas o necesidades. Todo neologismo necesita un proceso de adaptación al idioma al que se incorpora. Cuando su inserción en una lengua se hace definitiva, y su proceso de sedimentación y adaptación a la estructura de la misma ha concluido, el neologismo deja de sentirse como tal.

Los prejuicios sociales o cierto puritanismo hicieron que una palabra como retrete se fuese cargando de connotaciones malsonantes. En determinados ambientes, esa palabra se sustituyó por la inglesa water. Pero también esta palabra recibió toda la carga peyorativa de la anterior y fue posteriormente sustituida por cuarto de aseo, lavabo, baño e incluso se ha llegado a suprimir toda palabra, sustituyéndose por dibujos que van desde el señor con chistera y la señorita con paraguas hasta las simples figuras del sol y la luna. Idéntico proceso ha sufrido la palabra sirvienta: una mayor sensibilidad social, un vago deseo de romper con viejos moldes han hecho que a esa realidad –que como realidad sigue siendo la misma en muchos casos– la denominemos de formas diferentes, y así se fue sustituyendo por criada, muchacha, doncella, asistenta.

Un cierto pudor humano, entre compasivo y acusador, ha hecho que rehuyamos el nombre exacto de ciertas realidades dolorosas, y así, al ciego le llamamos invidente, subnormal al anormal, débil mental al loco, etc.

Este tipo de tabúes –y, consiguientemente, de eufemismos– afecta hoy día a muchos campos, incluso a la política, que trata de paliar la huelga hablando de conflicto laboral, o denomina la subida de precios y el cese forzoso de un ministro mediante los términos reajuste de precios o reajuste ministerial.

En el eufemismo, por tanto, hay siempre un desplazamiento de la verdadera realidad que queremos nombrar.

El campo moral y religioso, la superstición, etc., han creado también tabúes y los consiguientes eufemismos. El eufemismo no siempre nace como reacción ante la palabra tabú. A veces se trata con él de prestigiar la realidad a la que nombra: el empleado de fincas urbanas (el portero).

El arcaísmo está provocado unas veces por la desaparición del objeto nombrado y otras, porque la misma realidad ha sido sustituida por otra palabra, como en el caso de catar «mirar».

El arcaísmo suele encontrarse, sobre todo, en ambientes rurales o en aquellos a donde la cultura ha llegado en menor escala. Son, por lo general, ambientes tradicionales, conservadores.

Expresiones como se hace zapatos (por se hacen), se necesita empleados (por se necesitan) o habían muchos corredores, hubieron grandes acontecimientos (por había y hubo), cuando el verbo haber es impersonal; así como el uso innecesario y malsonante de la preposición de con ciertos verbos, como decir, opinar, etc. (yo opino de que esto no es así: dijo de que no le llamasen), se encuentran con alguna frecuencia, incluso entre personas de cierta cultura.

Otros vulgarismos frecuentes están cercanos a la afectación. Así, quienes pronuncian bondaq (bondad), Valladoliq (Valladolid), aqmiración (admiración), eksamen (examen), pretenden de ordinario pasar por puristas del idioma.

Vulgarismo igualmente inaceptable es el cambio de una consonante por otra en palabras como colurna (por columna) sordao (por soldado) o las almas (armas). Y, en general, hay que considerar vulgarismo todo aquello que altere el sistema o las normas –a cualquier nivel– de la lengua, con el consiguiente entorpecimiento en el proceso comunicativo. Volvemos a insistir en que el vulgarismo no es registrable a nivel léxico, a nivel de diccionario, sino a nivel de habla, y en este sentido lo constatamos aquí. De hecho, el vulgarismo existe y, por desgracia, con mayor abundancia de la que sería de desear.

Es evidente que no. Tendrá mayor corrección una palabra patrimonial o culta que un arcaísmo.

Podíamos establecer tres niveles léxicos que sirviesen como norma de utilización:

  1. Nivel aceptado comúnmente: Incluiría las palabras patrimoniales, cultas, semicultas y los préstamos; es decir, todas aquellas palabras que forman ya parte integrante del español por haber sido aceptadas por la totalidad de los hablantes y haber recibido carta de ley al ser admitidas por la Real Academia de la Lengua.
  2. Nivel más reciente: Incluirla todas las palabras de creación nueva (neologismos y tecnicismos nuevos) que vienen a llenar verdaderas necesidades lingüísticas frente a realidades nuevas –objetos, hechos, ideas– que antes no existían. Estos neologismos y tecnicismos sufren un proceso de adaptación, y acaban incorporándose definitivamente al idioma.

Los neologismos, una vez integrados en la lengua, pasan a convertirse en préstamos si proceden de otros idiomas; palabras como raíl, vagón, teléfono, etc., fueron en su día neologismos y hoy se encuentran plenamente incorporados al idioma, los dos primeros como préstamos del inglés y teléfono como un tecnicismo

  1. Nivel no aceptado: En este nivel incluimos todas aquellas palabras que no han sido aceptadas por la comunidad de hablantes ni admitidas por la Academia de la Lengua, bien porque son innecesarias al idioma –como es el caso de muchos extranjerismos: –speaker, offside, etc.– ya que éste posee la palabra equivalente –locutor, fuera de juego–; bien porque se consideran una incorrección lingüística, como los vulgarismos; bien porque ya no tienen vigencia alguna, como es el caso de los arcaísmos. El eufemismo también supone, de suyo, una desviación del verdadero significado de las cosas.

No obstante, hay que tener en cuenta que la lengua es algo vivo y dinámico. Esto quiere decir que los tres niveles léxicos que hemos establecido no son cerrados ni definitivos. Hay una interacción entre unos niveles y otros. Palabras aceptadas usualmente van muriendo en casos y acaban convirtiéndose en arcaísmos. La técnica ha desplazado del uso agrícola, por ejemplo, numerosos objetos cuyas palabras se van perdiendo lentamente: ventril, sobeo, parva, etc.; por el contrario, palabras en desuso vuelven a recobrar una enorme vitalidad, como en el caso de azafata.

Por tanto, los niveles léxicos que hemos establecido son abiertos. Ello nos permite, a diario, la incorporación plena de determinadas palabras al idioma. Esta movilidad lingüística se da en mayor grado en los dos primeros niveles, es decir, en el paso de neologismos y tecnicismos al nivel aceptado comúnmente.

En cualquier caso, la norma de aceptación de una palabra nueva ha de ser la necesidad, no el capricho o la moda del momento. Ha de rechazarse, por tanto, como superfluo, todo extranjerismo que tenga su equivalente en español. El desconocimiento del propio idioma, la pereza mental y las modas superfluas son tres grandes enemigos de la verdadera y genuina pureza de un idioma. En este sentido, los medios de comunicación social debieran ser más exigentes, ya que con frecuencia se presenta al lector o al oyente un sin número de extranjerismos que, por supuesto, el lector medio no entiende, pero siente hacia ellos un gran deseo de imitación.

Los valores semánticos: contexto y situación. Denotación y connotación

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Ya hacíamos referencia, como anécdota válida, a las palabras de Humpty Dumpty en Alicia en el País de las Maravillas: «Cuando yo uso una palabra, esta significa justamente lo que yo quiero que signifique –ni más ni menos». Es decir, es el contexto el que da significación plena a la palabra en cada momento. Si allí rechazábamos esta idea, como demasiado rígida, a la hora de definir la palabra como unidad, ahora nos interesa partir de esta base para el análisis de nuevos valores semánticos, no unitarios –como la palabra–, pero si importantísimos.

Las palabras no se producen en situación de vacío, ni sin razón. Cada conjunto de palabras, o frase, o discurso se producen en una dimensión espacio–temporal. contexto y situación son valores semánticos, desde el momento que pueden aportar rasgos significativos que acaban proporcionando significado pleno a las palabras.

estrella - núcleo básico: cuerpo celeste brillante.
contexto

  1. Las estrellas de la canción.
  2. Tiene mala estrella.
  3. Ganó la estrella en combate.

¿Qué tienen en común los tres significados con el nuclear? Quizá solamente la idea de brillo referida a situaciones humanas. Pero el significado se ha visto incrementado y condicionado por el contexto:

El contexto no está restringido a las palabras que preceden y siguen a la palabra en cuestión; puede extenderse a todo un pasaje, incluso al libro entero.

La palabra príncipe no obtiene su significado pleno en el título de Miguel Delibes: «El príncipe destronado», hasta que pasadas unas páginas, nos percatamos de que se trata de dar nombre a un personaje infantil que se siente desplazado del epicentro familiar por el nacimiento de un hermano menor.

La concepción del contexto sobrepasa también las líneas de una obra completa y llega a saltar los límites lingüísticos para llegar hasta una concepción cultural en general. La palabra república, por ejemplo, está cargada de una significación negativa en nuestra lengua, significación que no es compartida por las lenguas vecinas. Ha actuado el contexto histórico social: el desorden provocado durante la segunda República ha hecho que la palabra haya adquirido una significación peyorativa. Igual podríamos decir de la palabra «folklore»; mientras cualquier país presenta la palabra limpia, sin valores semánticos de contexto, la lengua española presenta la palabra en contextos lingüísticos con carga negativa: –Se armó un folklore... Ha influido mucho, sin duda, la visión que hemos ofrecido a Europa y que, debido al turismo, seguimos ofreciendo a veces. En cualquier estudio semántico diacrónico será imprescindible tener en cuenta el contexto histórico, si queremos captar el significado pleno de la palabra. La palabra tirano que equivalía a señor en la antigüedad clásica, puede hacernos pensar que fue empleada en su significación actual en los textos antiguos. El contexto histórico nos da cuenta de la degradación sufrida por el significado como consecuencia del cruel abuso de autoridad ejercido por algunos tiranos.

Hay dos clases de influencias Contextuales: unas, generales, que afectan a todas las palabras; otras, privativas, que afectan a unas palabras más que a otras. Toda palabra necesita un contexto histórico para su plena significación; incluso los nombres propios, que parece que deberían ser los de más exactitud significativa, ya que denominan realidades individuales, precisan del contexto en ocasiones. Si decimos que el rey Fernando dio un empuje definitivo a la Reconquista, tendremos que especificar si se trata de Fernando III el Santo o de Fernando el Católico.

Otra influencia general es la de la emotividad. La palabra se carga de emotividad dentro de un contexto determinado y adquiere una carga significativa especial, irradiada por las palabras que la acompañan. La palabra femenina, pierde su emotividad habitual en un uso como el de Sección Femenina.

La influencia privativa que el contexto de situación ejerce sobre ciertas palabras las hace perder su ambigüedad posible. Palabras demasiado generales como hacer, necesitan del contexto forzosamente para significar algo. Igual ocurre con los homónimos, que sólo adquieren significado pleno en el contexto: honda.

Los efectos onomatopéyicos producidos por la aliteración sólo existen por esa situación determinada. Las palabras abejas, sonar y susurro adoptan una significación onomatopéyica especial por la aliteración del fonema /s/ en una situación concreta, la de los versos:
En el silencio sólo se escuchaba
un susurro de abejas que sonaba. Igual podemos decir del significado onomatopéyico, que busca la sensación en:
El aire el huerto orea.

La situación añade a veces nuevas posibilidades de significado aun repitiéndose el contexto. En la oración: Alcanza la pasta de una vez: pasta no queda plenamente significada con el contexto:

El jefe comenzaba a impacientarse: –Alcanza la pasta de una vez –le gritó. Seguimos sin conocer plenamente el significado.

Sólo la situación dará la clave.

  1. La frase está dicha en el obrador de una panadería: pasta = masa.
  2. En una droguería: pasta = pintura, dentífrico.
  3. En un atraco: pasta = dinero.
  4. En la instalación de una luna: pasta = masilla.

En todas las situaciones (a, b, c, d) la frase podría haberse pronunciado. No es el contexto el que ha hecho plena la significación, sino la situación.

La connotación añade al signo valores subjetivos. Es, por tanto, connotativa toda lengua utilizada en su función estética, todo lenguaje literario. Igualmente es connotativo el lenguaje familiar, coloquial, jergal, etc., que dan paso a elementos propios de la función expresiva.

Todo lenguaje denotativo precisa de una correspondencia estrecha entre significante - significado - referente.

El lenguaje literario, connotativo, llevará el signo, significante –significado, hacia referentes, a veces, insospechados. ¿Quién puede sospechar, sin una búsqueda especial del referente, que cuando Quevedo llama a Ruiz de Alarcón «poeta entre paréntesis», se está refiriendo a sus dos jorobas, en pecho y espalda, que le hacían objeto de burla? Podríamos representar al signo en ambos casos así:

La lengua es viva, insospechadamente rica y dúctil, se adapta a nuestras posibilidades y a nuestras exigencias. Ninguna postura más rígida y pobre, que la del hablante que confía en la precisión exacta de las acepciones del diccionario y desconfía de la fuerza del contexto, la situación y la connotación.

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