Niveles léxicos. Significación de las palabras

Niveles léxicos

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Los hispanohablantes -como los hablantes de cualquier lengua culta- disponemos de una serie de registros o variedades del idioma, que empleamos según sean las circunstancias y los interlocutores: no hablamos igual que escribimos, no usamos las mismas palabras ni las mismas reglas gramaticales para conversar en familia o con los amigos que para expresarnos en público o para tratar con una persona que nos merece respeto. Un médico usará, charlando con otros médicos, vocablos que no emplea cuando se dirige a quien no entiende de medicina.

Las palabras específicas que se utilizan en función de las circunstancias y de los interlocutores (o destinatarios de los mensajes escritos) forman agrupaciones homogéneas denominadas niveles léxicos (nivel de la lengua oral frente al de la lengua escrita; dentro de la primera, nivel de la conversación familiar, cuidada, oratoria, culta, técnica, vulgar, etc.; dentro de la segunda, nivel del idioma epistolar, periodístico, jurídico, político, científico, literario, poético, etc.).

Así, palabras como circunspección, proselitismo, deambular son palabras específicas del nivel oral (y escrito) culto; [la] presente (por «esta carta»), afectísimo, seguro servidor, etc. son palabras específicas del novel escrito epistolar; albo, do, cúyo son palabras específicas del nivel escrito poético antiguo.

Por supuesto, tales niveles se escen sobre una amplísima base de lengua común a todos ellos, sin la cual sería imposible la comunicación entre los diversos hablantes.

El nivel vulgar se produce cuando los hablantes no saben cambiar de nivel (o registro). Es señal de cultura poder pasar con facilidad de un nivel a otro.

Tecnicismos

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Cada oficio, cada ciencia, cada profesión posee una terminología propia para designar objetos y operaciones. Los vocablos que constituyen una terminología se denominan tecnicismos. Palabras como guillame ('cepillo estrecho para hacer los rebajos'), garlopa, repasadera, guimbarda ('cepillo estrecho para labrar el fondo de cajas y ranuras'), formón, escofina, etc. son tecnicismos propios de los carpinteros. Auscultación, estetoscopia, prognosis, hidrofobia, piuria, escrófula, etc. son tecnicismos médicos. Palabras como fonema, monema, morfema, oración, sintagma, etc. son tecnicismos lingüísticos. Voces como yoduro, bisulfito, benzoato, protóxido son tecnicismos químicos, etcétera.

La mayor parte de los tecnicismos no salen nunca del nivel léxico de sus usuarios, esto es, no se incorporan a la lengua general. Con todo, a veces, pasan a ésta; tal ocurre con algunos que son de empleo más o menos común entre hablantes cultos (amigdalitis por «anginas», difteria por «garrotillo», laxante por «purga», colirio por «gotas para los ojos»...).

Cultismos

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En todas las lenguas existen palabras patrimoniales, esto es, que figuran en el idioma de que se trate desde los orígenes de éste. Esto sucede en español con mesa, gallo, olmo, etc., las cuales usadas por los romanos ocupantes de la Península, evolucionaron fonéticamente hasta fijarse en su forma moderna. Siempre, pues, han estado presentes en el idioma )de ahí el término patrimoniales con que son designadas).

Pero otras muchas palabras han sido introducidas en la lengua en momentos diferentes a lo largo de la historia, por hablantes y escritores cultos que necesitaban vocablos para designar conceptos carentes de voces patrimoniales para designarlos. Estas palabras introducidas se denominan cultismos, y proceden en su mayor parte del latín (o del griego). Frente a las palabras patrimoniales, se caracterizan porque no les han afectado las evoluciones fonéticas propias de aquellas. Esto es, conservan una forma muy parecida a la del latín o la del griego. Así, son cultismos diseminar (hubiera dado *desembrar) inocular (hubiera dado el homónimo *enojar), convexo, pedagogo, fructífero, etc.

A veces, una voz latina, que ya había dado origen a una voz patrimonial, volvió a ser incorporada más tarde. Así aconteció con collocare (origen de colocar y de colgar). El conjunto de una palabra patrimonial y un cultismo que comparten una misma etimología se denomina doblete.

Los cultismos no son exclusivos (contra lo que el término parece indicar) de la gente culta: hay cientos de ellos en la lengua común: colocar, aperitivo, alumno, caducar, salvoconducto, etc. Lo que sí ocurre es que la gente culta utiliza mayor número de cultismos (advocación, fructífero, corpulento, pictórico, etc.). Y que la mayor parte de los tecnicismos científicos son cultismos.

Los valores semánticos

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Toda palabra, como signo que es, consta de significante y significado, y no tiene valor propio, sino que lo recibe al oponerse a las demás palabras, tanto por su forma como por su significación.

Así, colgar se opone formalmente a colocar, porque ambos vocablos constan de fonemas distintos; y los dos se oponen semánticamente, porque colgar se relaciona con suspender, tender, pender, ahorcar, etc., mientras que colocar se relaciona con poner, situar, disponer, instalar, acomodar, etc. Esos dos vocablos poseen, pues, valores semánticos diversos.

Sinonimia y polisemia

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Muchas veces, a un solo significante corresponde un solo significado: cenicero, bolígrafo, etc. Se trata de una relación unívoca entre significado y significante, llamada monosemia. Pero, en ocasiones, la relación no es unívoca. En efecto, puede ocurrir:

Homonimia

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Consiste en la identidad fónica (se pronuncian igual aunque su ortografía sea diferente) entre dos palabras completamente distintas por su origen y significado; tales palabras, coincidentes sólo en el significante, se llaman palabras homónimas u homónimos: presa, vino, (h)ojear...

Los límites entre la homonimia y la polisemia son a veces confusos.

Complementariedad, antonimia y reciprocidad

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Con el nombre de antonimia, la Semántica tradicional señalaba el fenómeno que se produce cuando dos palabras poseen significado contrario: masculino-femenino, caliente-frío, vender-comprar. Pero la relación que existe entre estos pares de supuestas palabras antónimas o antónimos no es la misma. Observemos, en efecto, que:

Estas tres relaciones reciben hoy designaciones distintas:

El campo semántico. Los semas

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Un campo semántico es un conjunto de palabras que comparten un contenido común (un trozo de realidad al cual se refieren todas) y se lo reparten de tal modo que cada una de esas palabras se opone a las demás por rasgos propios. Cada uno de estos rasgos semánticos diferenciales se llama sema.

Así, el campo semántico de la temperatura (contenido común) consta de los adjetivos helado, frío, tibio, templado, caliente y algunos más. Dentro de dicho campo, cada adjetivo posee rasgos distintivos que lo oponen a los demás. En efecto, los semas distintivos de tibio son «más caliente que frío» y «menos caliente que templado».

Según una intuitiva formulación moderna, un campo semántico está constituido por aquellas palabras que podrían aparecer (aunque sólo aparezca una) en un punto de la cadena hablada. Así, si digo Tardaré tres minutos, en el punto donde elegimos minutos, podrían figurar palabras como segundos, horas, días, semanas, meses, años, lustros... Todos estos vocablos forman, con minutos, un campo semçantico: el de las unidades de tiempo.

Cada lengua posee una organización diferente de sus campos semánticos

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La organización interna de los campos semánticos no es permanente (puede cambiar con el tiempo, al entrar o desaparecer palabras, y al reordenarse de otros modos) ni universal: salvo en contados casos, cada idioma, aunque comparta con otro u otros el mismo contenido del campo, se caracteriza por una organización peculiar y diferente de él. Y ello constituye una grave dificultad para aprender idiomas extranjeros.

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