Variedades del idioma. La norma lingüística

La lengua y sus variedades

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El español presenta variedades (dialectos) debidas a razones de su evolución histórica (andaluz, extremeño, canario, español de América, etc.). Pero hay también variedades que se deben a:

Ello no pone en peligro la unidad de la lengua española, porque cuantos la hablamos, aunque no sea de una manera uniforme, poseemos el mismo ideal de lengua, esto es, estamos de acuerdo en que tales o cuales escritores o hablantes emplean bien (o mal) el idioma común, con independencia de que usen variantes legítimas propias de su lugar de origen.

Diversificación del español por causas sociales

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Razones fundamentalmente económicas determinan que unas personas tengan acceso a la cultura y otras no. Distinguimos, por eso, el español culto del vulgar.

La variedad culta del idioma (que puede presentar formas propias en algunos territorios) es la que emplean, hablando o escribiendo, sin hacer para ello esfuerzo especial ni ostentación, las personas que han recibido una buena instrucción. La cual no puede identificarse con la pedantería. La variedad vulgar corresponde a quienes han sido insuficientemente instruidos, y se manifiesta con pronunciaciones, palabras y deficiencias sintácticas peculiares.

Llamamos lengua familiar a la que, cualquiera que sea nuestra cultura, empleamos en el ambiente distendido de la familia o entre amigos.

Existen también las jergas de ciudad, con peculiaridades que no comparte, en general, el habla de los pueblos, aunque la radio y la televisión borran cada vez más las diferencias. Palabras actuales como currar ('trabajar'), pela ('peseta'), talego ('mil pesetas'), etc., han tenido un origen ciudadano. Gran uso, que va en parte decreciendo, tuvieron los gitanismos, sobre todo en el habla madrileña: gachó, gachí, pinrel ('pie'), camelo, canguelo, cañí ('canelo'), chipén, lacha ('vergüenza'), etcétera.

En general, toda comunidad o grupo social tiende a diferenciarse con rasgos idiomáticos propios. Así ocurre entre los que practican un determinado oficio o comparten una misma afición, o necesitan comunicarse entre sí sin ser entendidos por otras personas. Al deseo de diferenciarse y de afirmarse frente a otros grupos sociales obedecen las jergas juveniles, como el cheli; y al de dejarse entender sólo por iniciados, las jergas de las cárceles o del mundo de la droga (caballo, ácido, camello, chocolate, etc.). Pero también la jerga de ciertas actividades (economistas, médicos, políticos, deportistas, etc.) parece responder, a veces, al deseo de que no la entiendan los profanos.

El vulgarismo

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En todas las lenguas existen maneras de pronunciar palabras y giros sintácticos que son considerados vulgares frente a otros usos considerados «normales». El vulgarismo no es por sí solo síntoma de incultura. Las personas cultas emplean muchas veces vulgarismos cuando hablan descuidada y familiarmente.

El vulgarismo que revela falta de cultura (ˇtantas veces involuntaria!) es el de aquellos que no saben expresarse de otro modo. Y que, por tanto, son víctimas de una situación injusta, por cuanto ello limita sus posibilidades en la vida social.

Algunos vulgarismos

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Entre los vulgarismos más corrientes, señalaremos éstos:

Vulgarismos en la articulación del fonema «d»

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Es frecuentísima la pérdida de -d- intervocálica: comío (comido), crúo (crudo), espantá (espantada), to (todo), na (nada).

Es también corriente su pérdida en las palabras acabadas en -ado: mercao, mirao, recao, etc. Sin embargo, la articulación plena de -d- en tal posición resulta pedante; por ello, es aconsejable pronunciarla breve y suavemente.

En posición final, resulta vulgar su omisión (Madrí, realidá), que se observa en muchos lugares, y, más aún, su pronunciación como -z en final de palabra (Madriz, realidaz) o de sílaba (azmirar, azquirir).

El seseo

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La c (z), en grandes extensiones del español, ha llegado a ser pronunciada como s, por evolución interna del idioma: plasa (plaza), venser (vencer). Es el fenómeno denominado seseo, tal como se produce en Andalucía, Canarias e Hispanoamérica. No es un vulgarismo, sino un fenómeno histórico surgido en nuestro idioma. Y hoy los seseantes superan en muchos millones a los que no sesean: constituyen la mayoría en el mundo hispanohablante.

El ceceo

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Es fenómeno inverso al seseo. Se produce cuando la s se pronuncia como c (z): meza (mesa), zeñor (señor). Se trata de un fenómeno meridional, que las gentes instruidas procuran evitar.

El yeísmo

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Consiste en pronunciar la ll como y: yave, gayina. Afecta a extensas zonas de España (Murcia, Extremadura, Andalucía, Canarias, provincias de Castilla -Madrid incluida-, de León de la Mancha, y a gran parte de Hispanoamérica). No es propiamente un vulgarismo, porque lo practican indistintamente las personas cultas y las poco instruidas. Pero impide útiles distinciones, como calló y cayó, valla y vaya, etc.

Diversificaciones del español según sus empleos. Lengua oral y escrita

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Los usos que hacemos del idioma le imponen también modalidades variadas. Las más diferenciadas son las que corresponden al uso oral y al uso escrito.

En efecto, no escribimos igual que hablamos: resulta más difícil expresarse con el bolígrafo. Escribir implica expresarse en ausencia del interlocutor, y ello obliga a:

Variedades debidas a la materia o tema. Lenguajes específicos

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Tanto dentro de la lengua oral como de la escrita, cabe hacer múltiples usos, según los temas de que se trate y el destino que se da a lo que se dice o escribe: no es igual el idioma de un discurso político que el del anuncio de un detergente; el tono de una novela no es el mismo que el de un telegrama.

Las variedades más importantes impuestas por la materia o tema son los lenguajes específicos de las distintas profesiones, técnicas, ciencias y artes, los cuales, sometiéndose a la gramática normal del idioma, cuentan, sin embargo, con muchas palabras propias de aquella actividad, llamadas tecnicismos. Son los vocablos característicos de juristas, médicos, albañiles, toreros, deportistas, gramáticos, botánicos, fontaneros, pintores, químicos, etc.

Una gran parte de los tecnicismos es de origen griego y latino (acetato, clorofila, hemofilia, coágulo, etc.). Hoy abundan los procedentes del inglés: radar, dumping, flash, pressing, etc.

El idioma y los medios de comunicación social

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Los medios de comunicación social (o, como en inglés se llaman mass media) poseen una capital importancia para el idioma.

Destaquemos su función positiva: la de contribuir a la difusión de un idioma culto entre todas las capas de población. Antes del auge de la radio y de la televisión, muchísimos millones de hispanohablantes carecían de ocasiones para entrar en contacto con los usos más elaborados de su idioma. Unida su acción a la de una escolarización eficaz, tales medios pueden contribuir a que los países hispánicos eleven su nivel expresivo y conserven su unidad idiomática.

Ocurre, sin embargo, que, muchas veces, se convierten en vehículos de vulgarismos (para halagar a los oyentes), de errores (por ignorancia) o de extranjerismos innecesarios (por moda), que contarrestan la función positiva que están llamados a ejercer y que, en muchos casos, ejercen.

A la comunidad hispánica le importa grandemente, con vistas a un futuro cultural y económico que puede ser muy importante, mantener la unidad del idioma (ya que la uniformidad no es ni posible ni deseable). Y a ello deben contribuir los medios de difusión y el sistema docente. También, como es natural, nosotros, los hablantes, con nuestro deseo de conocer cada vez mejor nuestra lengua.

Norma y corrección lingüística

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La norma lingüística es el conjunto de usos que la comunidad hispanohablante se ha ido dando a sí misma, a lo largo de los siglos, estimándolos preferibles a otros que también eran posibles.

Así, lo «regular» sería decir andé (como amé) y jugo (como sufro); pero nuestros antepasados prefirieron anduve y juego (por motivos que ahora no interesan), y éstas son las formas que quedaron incorporadas a la norma de la lengua española. De igual modo, decimos actriz (y no actora), y undécimo (y no decimoprimero).

El conocimiento y la sujección a la norma (fonética, morfológica, léxica y sintáctica), tanto si es única como si posee variantes admitidas por las personas instruidas de un determinado territorio, es lo que proporciona al idioma su corrección. El ignorarla o no obedecerla produce la incorrección idiomática, y es causa de muchos vulgarismos.

Nuestra época es rebelde a las normas, lingüísticas o no. Y hay quienes desdeñan la corrección del idioma, como imposición intolerable y hasta como atentado contra la libertad individual.

No es razonable tal actitud, rechazada por las ideologías más avanzadas, que postulan el derecho de toda persona a participar, en la mayor medida posible, del tesoro expresivo acumulado por siglos de actividad idiomática. Nuestra presencia en la actividad social (científica, artística, política, profesional, etc.) será tanto más importante cuanto mayores sean nuestras posibilidades de comprender y de hacernos entender.

La participación en la cultura idiomática es uno de los derechos humanos fundamentales. El estudio del español, para hablarlo y escribirlo conforme a la norma, constituye el quehacer principal que tiene ante sí un estudiante.

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